Kairuán

JOYAS DEL PATRIMONIO TUNECINO

Fascinante, acogedora, secreta... Kairuán es una de las joyas del patrimonio tunecino. La antigua capital de los emires aglabíes, escondida lejos del litoral en una austera región de estepas, está repleta de recuerdos históricos y monumentos destacables. Es también una ciudad mediana con un encanto intacto, donde autenticidad rima con hospitalidad.

Kairuán, una ciudad santa

Se ha apodado Kairuán como la "ciudad de las trescientas mezquitas". Vista desde un edificio elevado, la medina ofrece en efecto el asombroso espectáculo de una multitud de cúpulas blancas diseminadas entre las terrazas, que indican las tumbas de santos musulmanes y las "zaouias", edificios dedicados a maestros espirituales que impartieron enseñanzas religiosas en Kairuán.

La ciudad, víctima del pillaje durante la invasión de Túnez por los saqueadores nómadas hilalíes, conoció cierta decadencia después del siglo XI. Sin embargo, ha seguido siendo hasta hoy un centro religioso de primer orden. Una de las cúpulas de la medina alberga un pozo tan antiguo como la propia ciudad, el pintoresco Bir Barrouta, venerado por su agua sagrada; todavía hoy se extrae el agua con una noria impulsada por un dromedario.

También puede visitarse la antiquísima "zaouia" de Sidi Abid el Ghariani, con su elegante patio porticado y sus techos de madera finamente decorados, además de la asombrosa "zaouia" de Sidi Amor Abada, cubierta con cúpulas, donde se exponen algunos objetos gigantes cubiertos con escritura devota. Pero la más excepcional de estas "zaouias" es la de Sidi Saheb (llamada "mezquita del Barbero") que alberga la tumba de un compañero del Profeta en la que, según cuentan, se habían conservado como reliquia tres pelos de su barba.

En este amplio edificio del siglo XVII, unos patios maravillosos y unas galerías adornadas con paneles cerámicos y estuco esculpido traducen una mezcla de influencias andaluzas y turcas.

A través de la medina

La antigua ciudad de Kairuán fascinó a muchos artistas. Su belleza tan particular y misteriosa le viene dada por su apretado entramado de callejuelas, pasajes, bóvedas y cúpulas acanaladas de una suave blancura, que se responden de vez en cuando bajo la benévola protección de la gran mezquita y su majestuoso minarete.

Los zocos, calles dedicadas al comercio, distribuidos por actividad, hierven con una constante animación.

Allí mismo, en las callejuelas silenciosas, entre las largas paredes blancas cortadas por puertas azul pálido, se apresuran las siluetas femeninas envueltas en velos inmaculados, cruzando a veces entre pandillas de niños que gritan alegres. Alrededor de estos barrios históricos, las murallas de ladrillo claro, almenadas y reforzadas con torres y bastiones, acaban de dar al casco antiguo un aspecto digno más allá del tiempo.