Ksar Ghilane

VIVIR EL INSTANTE SAGRADO DEL DESIERTO

Fácilmente localizable por la agitación que reina en pleno día en torno a su pila esmeralda, la fuente de Ksar Ghilane solo deja oír un escaso murmullo.

Los grandes escarabajos del desierto empiezan su última carrera sobre una arena tan fina que conserva la huella de sus ligeras patas. Los últimos dromedarios se incorporan al cubierto del palmeral donde algunas cigüeñas eligen pasar la noche. Dentro de poco, las estrellas se harán las dueñas del cielo.

En el silencio de la noche, el Sahara se duerme, solamente perturbado por los fuegos de los hombres y sus cantos de alegría, que se elevan hacia la vía láctea. Así es la contemplación del desierto, que no se limita a observar la magnificencia de la arena extendiéndose hasta el infinito.

La magia de descubrir este universo único radica tanto en esta contemplación incansable como en el sentimiento de plenitud que confiere. No existe nada mejor para abandonarse a ella que un paseo por Ksar Ghilane, por la carretera que conduce hacia el extremo meridional tunecino.

Acceder a él requiere cierta abnegación, puesto que el carril es muy largo y caótico, como si esta joya repleta de vida que surge de la nada intentara impedir por todos los medios las visitas inoportunas.

El oasis surge al final de la carretera, confinado por un pueblo blanco de líneas geométricas y de distribución muy militar. Está dominado por un obelisco blanqueado que conmemora la victoria del general Leclerc sobre los ejércitos alemanes comandados por Rommel.

Este antiguo cuartel francés se ofreció a los nómadas que desearan establecerse en torno al palmeral. Este último no tiene, por otra parte, nada de natural. Fue plantado y creció a principios de la década de 1950, a raíz de un proyecto del Gobierno tunecino y después de que los ingenieros franceses que efectuaban prospecciones petrolíferas hubieran hecho brollar agua caliente en vez del oro negro tan deseado.

Con todo, mucho antes de la llegada de los franceses a Túnez a principios del siglo XIX, un rico nómada llamado Ghilane ya se había instalado aquí, a sabiendas de la existencia de una fuente al límite del Gran Erg tunecino.

Construyó un pueblo fortificado en la cumbre de una colina que dominaba las dunas para resguardar sus bienes de las frecuentes razias de la época. Así nació el Ksar Ghilane (el fuerte Ghilane), convertido en ruinas después de la muerte del patriarca.

Los franceses restauraron este fuerte para transformarlo en puesto militar avanzado y, a continuación, construyeron un nuevo cuartel.

Una etapa dedicada a la contemplación

En la actualidad, el Ksar Ghilane constituye una etapa inevitable en el sur tunecino para todos los que desean estar frente a frente con el desierto.

Algunos visitantes solo le dedican una etapa, demasiado poco tiempo para tomar conciencia real de la belleza del lugar y abandonarse a su contemplación con tan solo una puesta de sol y una excursión en dromedario por las dunas. Otros, sucumbiendo al encanto de las arenas rojas, parecen no querer irse.

Entre estos últimos, los motociclistas todoterreno llegados de Europa, por desgracia, no escasean. Entregándose a su pasión, a veces olvidan ciertas normas de conveniencia frente a los demás visitantes del lugar haciendo rugir sus bólidos en cualquier momento del día e imprimiendo sus huellas iconoclastas sobre toda duna que aún siga virgen.

Descubrir en solitario la paz del oasis

 En cualquier caso, nunca se vuelve igual del Ksar Ghilane.

Sin embargo, no hay que dudar en abandonar las orillas doradas del desierto para penetrar en el interior del palmeral. Al alejarse de la fuente que constituye, a pesar de la tibieza de su agua, una bendición después de la pista y el calor del día, cruzamos los campamentos de tiendas que esperan a los viajeros.

El camino arenoso se inserta entre dos hileras de tarays desbordantes de frutos rosados, flanqueadas a cada lado por los canales de riego que corren desde la fuente. Un verdadero silencio envuelve al paseante, solo alterado por el murmullo del agua y el canto de los numerosos pájaros, amarillos y rojos, que revolotean de árbol en árbol.

El rebuzno de un asno rasga de vez en cuando esta paz aparente de un palmeral donde, a cada cruce, descubrimos a algunos campesinos ocupados con sus parcelas, cavando nuevos canales de riego o conduciendo sus dromedarios hacia zonas sombrías donde podrán pastar. Un pastor pasa con su rebaño de cabras locas.

Una carreta cargada con brazados de hierba tierna, tirada por un asno y conducida por dos niños risueños, hace como si asustara a los visitantes. Una cigüeña juega al escondite entre la alineación impecable de las palmeras, deteniéndose repentinamente delante de los dátiles puestos a madurar al sol. El palmar muestra una a una las imágenes de su universo preservado, casi secreto.

Eso es lo que los palmerales tienen en común: son como cofres de naturaleza, que escapan al tiempo y que los hombres parecen respetar de una vez por todas. Suele ser en Tozeur, la ciudad más grande del sur de Túnez, donde se toma por primera vez contacto con el universo de las arenas y los oasis con sus inevitables palmerales.

Descubrir el Sahara

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Chott el Jerid

En los tiempos antiguos, algunas fuentes supieron convertirse en ríos, ayudadas por los accidentes geológicos y climáticos de la región.

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Ksar Ghilane

Fácilmente localizable por la agitación que reina en pleno día en torno a su pila esmeralda, la fuente de Ksar Ghilane solo deja oír un escaso murmullo.

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Matmata

La región de Tataouine es conocida por esta característica arquitectónica de formas redondeadas del color arena. 

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Tozeur

A las puertas del desierto, Tozeur es el verdadero inicio de otro viaje a Túnez.

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El Lagarto Rojo

Este antiguo tren de madera fabricado en Francia, que servía antes al bey de Túnez, ofrece una de las excursiones clásicas para descubrir las montañas del norte de Tozeur.